La Familia, corazón de la Ecología humana, por Lola Velarde

La ideología de género resulta dañina para la familia porque se caracteriza por una profunda ruptura entre naturaleza y persona, entre biología e identidad. Sus postulados, que hace sólo unos años podían parecer una quimera, forman hoy parte de esas “post-verdades” que han sido asumidas por los poderes occidentales e impuestas paulatinamente a través de la legislación. La distinción entre sexos ya no existe. Tratar de explicar esto es lo que me llevó a escribir el libro “La familia, corazón de la ecología humana”, publicado recientemente por la editorial Digital Reasons, en el que he revisado cerca de 200 referencias bibliográficas.

La autora del libro Lola Velarde acompañada de Jaime Mayor Oreja y del editor Emilio Chuvieco en la presentación del libro en Madrid.

Durante mis años del doctorado en la Escuela de Montes, tuve el privilegio de contar con un maestro, el profesor Ángel Ramos, pionero en la introducción en España de la planificación del territorio con criterios ambientales. En su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias (1993) titulado “¿Por qué la conservación de la naturaleza?” decía:

“el sentido de integridad de lo creado, de la naturaleza, es principio inspirador de la ética medioambiental (…) Ahí está un principio de sabiduría y un norte ético para nuestro comportamiento: existencia en la naturaleza de un orden establecido que nos trasciende, un orden que nos precede. (…) Lo que está ahí, sin nuestra intervención, la naturaleza, lo que forma parte de la naturaleza, merece respeto porque nos ha sido dado, en donación con ciertas condiciones además. … La naturaleza ha de ser respetada (…). No debemos hacer necesariamente todo lo que podemos hacer”.

Lo cierto es que en aquél entonces no se me ocurrió asociar sus palabras con el ser de la familia. Pero en los últimos años, la experiencia en los foros internacionales y por otra parte mi propia experiencia vital, con la llegada de nuestros tres hijos, hace ya 10 años, han hecho que poco a poco haya ido calando en mi la idea de que ese vínculo formado por la familia original –padre, madre, hijos- pertenece también a ese orden establecido que nos trasciende, ese orden que nos precede. Es más, está en el corazón mismo de nuestra propia ecología, de nuestra propia dinámica natural, puesto que el libro de la naturaleza es uno e indivisible (como señalaba Benedicto XVI).

En 2003 fui por primera vez una Conferencia de la ONU sobre la Mujer, en Nueva York. Ya entonces se hablaba constantemente de la perspectiva de género. Una palabra aparentemente inofensiva, que todos interpretaban como una mayor igualdad entre hombres y mujeres. Pero esa palabra, “género”, se ha utilizado como un caballo de Troya, que no ha revelado su verdadero contenido hasta que no ha quedado introducida en todo tipo de documentos, resoluciones, acuerdos internacionales, legislaciones nacionales, regionales, locales, estudios universitarios y hasta acuerdos de paz.

Me costaba mucho explicar a las personas que tenía a mi alrededor su profunda carga ideológica, porque resultaba inverosímil: para eliminar la discriminación de la mujer era necesario eliminar la diferencia sexual; había que promover una sociedad sin sexos, en la que cada uno autodefiniría su propio género conforme a sus sentimientos o deseos. En consecuencia, maternidad y paternidad serían roles intercambiables y la mujer se liberaría así de los estereotipos que la vinculan a la maternidad.

Este planteamiento rompe la imprescindible complementariedad entre hombre y mujer, que aporta tanto a los hijos como a la sociedad toda la riqueza de su diferencia. La ideología de género resulta dañina para la familia porque se caracteriza por una profunda ruptura entre naturaleza y persona, entre biología e identidad. Sus postulados, que hace sólo unos años podían parecer una quimera, forman hoy parte de esas “post-verdades” que han sido asumidas por los poderes occidentales e impuestas paulatinamente a través de la legislación. La distinción entre sexos ya no existe y la afirmación bíblica “Dios los creó hombre y mujer” ha quedado derogada por Ley.

Tratar de explicar esto es lo que me llevó a escribir el libro “La familia, corazón de la ecología humana” que ha publicado recientemente la editorial Digital Reasons, en el que he revisado cerca de 200 referencias bibliográficas. Los datos y análisis presentados corroboran que la familia (padre, madre, hijos) unida por un compromiso estable y permanente en el tiempo (matrimonio), en la que el amor crea el ambiente propicio, es el hábitat idóneo para la especie humana, en el cual se producen los mejores frutos para su pleno desarrollo.

Es cierto que esta situación idónea no siempre es posible. Sin embargo, al igual que ocurre con los ecosistemas naturales, en la medida en que se acercan a su hábitat óptimo más positivos son los resultados para las especies que los habitan y, en la medida que se alejan, más negativos los efectos.

La naturaleza ha dispuesto que para engendrar a un ser humano sean necesarios un padre y una madre. Este hecho no es accidental ni modificable, y los datos que expongo en este libro muestran que padre y madre no son sólo imprescindibles en el instante inicial de la vida sino a lo largo de todo su recorrido.

Por otra parte, la fe, como faro que ilumina la razón, nos recuerda a los que la hemos recibido que el hombre, varón y mujer, es, en la unidad de los dos, imagen y semejanza de Dios. La filósofa judía y después carmelita católica que murió en un campo de concentración nazi, Edith Stein, lo expresaba así: “Sólo cuando se desarrolle plenamente la especificidad masculina y femenina, se alcanzará la máxima similitud posible respecto de Dios”.

Esta profunda relación se expresa en todos los ámbitos de la vida. Si se pierde la mirada de uno de los dos, la del varón o la de la mujer, ya sea en la familia o en la sociedad, tanto la percepción de la realidad, como nuestra contribución a su desarrollo quedarán incompletas. Por eso la fe nos anima a volver al principio, al momento original de la creación: “Varón y mujer los creó”. El hombre no se ha hecho a sí mismo; ha sido creado; “y vio Dios que era bueno”.

En cualquier caso, creyentes y no creyentes, podemos comprender la necesidad de respetar los límites naturales, algo que está tan asumido en lo que a los ecosistemas naturales se refiere (en la terminología ambiental hablamos de los umbrales críticos). ¿Por qué sin embargo resulta esto completamente ignorado cuando se trata del ecosistema humano?

Cuestiones que hace sólo unas décadas resultaban evidentes y que están recogidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, hoy son expulsadas del debate público para ser sustituidas por unos “nuevos derechos” que se han ido implantando a través de palabras ambiguas y aparentemente inofensivas (género, diversidad, no-discriminación, tolerancia) en un proceso de reingeniería social impulsado desde los organismos internacionales con el fin de establecer una nueva ética mundial.

Apelamos a los nuevos derechos del hombre sobre sí mismo y deseamos modificar nuestra propia naturaleza para adaptarla a nuestros deseos: padres del mismo sexo, padres transexuales, selección genética de embriones humanos, vientres de alquiler… todo cabe.

Pero el ser humano no es ajeno a las leyes de la naturaleza. El frágil equilibrio interior del cuerpo y la mente humanas no es menor que el de los ecosistemas naturales y, si no sabemos reconocerlo y respetarlo, las consecuencias serán inevitablemente -lo están siendo ya- mucho más graves que el problema que queríamos resolver.

Esta sabiduría parece haber inspirado aquellas palabras del primer miembro de la mundialmente conocida pareja gay Dolce & Gabana: “La vida tiene un recorrido natural, hay cosas que no se deben modificar. Una de ellas es la familia.”

Asistimos a una batalla de fondo: la que se da entre admitir que existen unos principios inherentes a la ecología humana, que nos han sido dados, y que debemos respetar si queremos construir una sociedad acorde con las exigencias de la dignidad humana; o seguir la propuesta de una libertad sin límites, desligada de la verdad sobre nuestra naturaleza, que se viene imponiendo a través del pensamiento dominante como último criterio de actuación, de forma que los deseos personales están por encima de cualquier otro principio.

El relativismo moral, del que ya nos habían sacado Sócrates, Platón y Aristóteles, supone un retroceso de 2500 años en la historia del pensamiento, y refleja una falta de confianza en la capacidad de la razón humana para conocer la verdad. Un relativismo que ha calado fácilmente en el ámbito personal, favorecido por la cultura de la comodidad, y se impone con fuerza en las estructuras sociales y políticas.

Resulta indispensable superar este relativismo y el falso dilema entre tolerancia y verdad, en el que la apelación a la primera bloquea el avance en la búsqueda de la segunda. Reconocer la existencia de una verdad sobre la naturaleza humana que podemos llegar a conocer y que debemos respetar, no está reñido con la tolerancia. Respetar no significa dar por bueno. Al contrario, la verdadera tolerancia se da precisamente cuando se respeta a las personas, aunque no se compartan sus ideas. Como decía un columnista del New York Times (Stephens 2017) “el desacuerdo inteligente es la savia que alimenta a toda sociedad sana”.

Espero que este libro contribuya a un debate necesario, más bien diría que imprescindible, pues mal estaremos si no podemos expresar estas convicciones, no sólo hacia el interior de las familias, sino en la esfera pública. Ese es, en definitiva, el propósito de este libro. Espero que les resulte interesante.

2018-11-15T14:17:49+00:00 0 Comments