Ahora que todo el mundo recuerda qué estaba haciendo cuando mataron a Miguel Angel Blanco, me vuelve a la memoria una noticia escuchada en la radio unos días después del asesinato: la reacción de indignación popular iba tan en serio que la gente estaba boicoteando las herriko tabernas y batzokis. Y un portavoz del PSE-PSOE –no recuerdo quién- declaraba que tampoco era para ponerse así, que no era cuestión de abrir un conflicto civil, y que había que volver a la normalidad.

En 1997 se desaprovechó, pues, la gran oportunidad de ir de verdad a por el enemigo. Y no me refiero a la violencia, por supuesto, sino a la batalla de las ideas: el “relato”, el marco de discurso, la legitimidad. El enemigo no eran sólo los que mataban, sino los nacionalistas institucionales: los que, inspirados por los delirios reaccionario-racistas de un orate contemporáneo de Houston Chamberlain y de los medidores de cráneos, aspiran a un País Vasco independiente basado en la limpieza étnica, previa desintegración de España y anexión de Navarra. Era el momento de desenmascarar de una vez por todas a la ideología separatista, cándidamente condonada desde la Transición con el piadoso lema de “todas las ideas son respetables, mientras no recurran a la violencia”: una fórmula que sólo excluía a la ETA, pero no a los que falsifican la Historia, inculcan el odio a España en las escuelas y en Euskal Telebista (¿les suena el programa “Eukalduna Naiz eta zu?”?), y permiten la presión ambiental contra los españolistas, forzados al exilio por centenares de miles. Los recogedores de nueces, incansables constructores de una nueva realidad nacional.

El gran ¡basta ya! de 1997 hubiera debido ser la hora de la alianza definitiva entre los partidos españoles para establecer un cordón sanitario en torno a los separatismos vasco y catalán. Ocurrió lo contrario: fue el mundo abertzale, asustado, el que se compactó y pasó a la contraofensiva el año siguiente en el Pacto de Estella. Después vendría la coordinación con el independentismo catalán, vía Carod Rovira.

Vinieron, sí, la ilegalización de Batasuna, la Ley de Partidos y el intento de asalto democrático a las instituciones vascas, fallido por poco, de Mayor Oreja y Redondo Terreros en 2001. Hasta ahí llegó el espíritu de Ermua. Pero el PSOE jugó mezquinamente a dos barajas, estableciendo a partir de 2000 contactos secretos con los batasunos. Zapatero, propulsado a la presidencia por un no totalmente esclarecido 11-M, insufló oxígeno (“proceso de paz”) a una ETA acogotada por el acoso policial, para poder jugar a Mandela y al Good Friday Agreement norirlandés. El brazo político de ETA volvió a las instituciones. La esperanza de que la victoria del PP en 2011 supusiera un retorno a la línea de firmeza de los años de Aznar se disipó muy pronto: ¿cuándo se ha visto a Rajoy escoger los principios, la grandeza, el enfrentamiento?

¿Hemos sido dignos de los sacrificios de Ortega Lara, Miguel Ángel Blanco y tantos otros? Me temo que no. Casi uno de cada cuatro españoles vota al partido de Pablo Iglesias, quien fuese contacto madrileño de Herrira, asociación de apoyo a los presos de ETA: el partido que tiene que hacer ímprobos esfuerzos para que no trasluzca mucho su debilidad por los pistoleros, sean abertzales o chavistas; el que pone pegas a los homenajes a Ortega Lara y Blanco, exigiendo la igualación moral de la ETA y el Estado (“todas las víctimas”). Los separatistas catalanes están a dos meses de plantear un órdago sin retorno, sin que se sepa a día de hoy qué piensa hacer Rajoy para impedirlo. El PSOE se pone equidistante entre un apocado Gobierno central y los golpista-secesionistas. Bildu gobierna ya Navarra en coalición con Podemos y el PNV. Quien piense que el partido de Sabino Arana ha renunciado a la independencia de las Vascongadas no conoce la Historia del siglo XX ni sabe qué significa “nacionalismo”.

El espíritu de Ermua fue un espejismo pasajero, y los enemigos de España progresan adecuadamente hacia la victoria final.

Francisco J. Contreras