Publicamos un extracto del intervención de nuestro patrono Francisco José Contreras en el Congreso internacional celebrado los días 8-10 de noviembre de 2018 en la Universidad Francisco de Vitoria, con el título «50 años de mayo del 68, una época de cambios, un cambio de época».

Francisco José Contreras: «En realidad, el sesentayochismo tuvo mucho de síndrome de Peter Pan. El universitario de 1968 no quiere ingresar en el mundo adulto de límites, obligaciones y responsabilidades, un mundo que le parece mediocre y frustrante. De ahí la contestación a los valores de sus mayores».

Mayo del 68 fue en verdad una revolución muy extraña. Es quizás la única de la historia en la que los revolucionarios desdeñaron ocupar el poder casi abandonado por sus titulares (en los últimos días de Mayo, con el país paralizado por la huelga general, el gobierno noqueado y el presidente De Gaulle fugado durante 24 horas a la base militar de Baden-Baden); pero los soixante-huitards, según propia confesión, no deseaban ejercer el poder político, sino “cambiar la vida”.

También es, como indicara Jacques Baynac, la primera revolución que fue fruto, no de la miseria, sino de la riqueza. Si los revolucionarios clásicos habían acusado al sistema capitalista-burgués de “causar pobreza”, los de 1968 le van acusar de todo lo contrario: de haber creado la affluent society (Galbraith), la sociedad de la abundancia. De hecho, los franceses llamarían después al periodo 1945-75 “los Treinta Gloriosos” (los alemanes hablarían del Wirtschaftswunder, el “milagro económico”): una época dorada de pleno empleo y crecimiento ininterrumpido, con tasas del 5% anual de incremento del PIB. Es cierto que Francia había conocido en la década de los 50 la humillación de Indochina y la traumática guerra de Argelia; pero, cerrado el asunto argelino en 1962 y consolidada la democracia bajo la égida de De Gaulle, la historia francesa parecía haber llegado a un final feliz de progreso constante, paz social y universalización del bienestar. La “cuestión obrera” había quedado resuelta por la elevación general del nivel de vida: la clase trabajadora se había incorporado al sistema.

Lo que decimos de Francia vale para el conjunto de Occidente. La etapa 1945-68 había resultado brillante también en el aspecto demográfico. Las bajas de la Segunda Guerra Mundial quedaron pronto compensadas por el gran baby boom de posguerra, que se prolongaría hasta principios de los 70 (y el cambio cultural sesentayochista tendría mucho que ver en su final). Los 50 y primeros 60 fueron una edad dorada del matrimonio y de la familia nuclear (en la memoria norteamericana, los 50 han quedado como “la era de Oozie and Harriet”, en alusión a una serie de TV protagonizada por una típica familia de clase media). En EE.UU. –y seguramente los datos son extrapolables a otros países- hacia 1960 había más porcentaje de gente casada que nunca antes o después: el 90% de las personas en la franja de edad de 30 a 50 años, según cifras de Charles Murray. El divorcio, allí donde existía, era difícil e infrecuente. […]

Revolución de ricos, revolución que no busca el poder… y revolución generacional. Mayo del 68 fue protagonizado por la primera cohorte de jóvenes occidentales que no había conocido privaciones en su infancia y que había podido acceder masivamente a la educación superior: en Francia, el número de universitarios pasó de 200.000 en 1958 a 500.000 en 1968. Sus padres habían conocido las penurias de la Gran Depresión de los 30, de la Segunda Guerra Mundial, de la dura reconstrucción de los últimos 40… Ellos, en cambio, habían crecido ya con la televisión, con los pañales desechables, con coche en el garaje y con la posibilidad de acceder a la Universidad. Eran los beneficiarios de los grandes sacrificios de la generación anterior. Sí, “hijos de papá”. Niños criados en la abundancia relativa, que llegaron a dar por supuesta, a considerar “natural” esa prosperidad (una de las características del hombre-masa según Ortega y Gasset: dar por supuesto lo arduamente adquirido y heredado). No sólo a darla por supuesta, sino también a despreciarla.

[…] En tiempos anteriores, la juventud había sido simplemente una fase de transición hacia la edad adulta: “No hay que tratar a los jóvenes como una categoría separada: uno es joven, y pronto deja de serlo, y ya está”, decía un De Gaulle exasperado por el juvenilismo sesentayochista. Cuando el propio De Gaulle fue joven, la juventud era breve: pocos accedían a la educación superior; lo normal era que un hombre de 22 o 23 años estuviese ya casado y trabajando. Ahora, en los 60, la sociedad puede permitirse por primera vez el lujo de prolongar la etapa de formación y mantener a una muy numerosa “clase juvenil” improductiva, exenta de responsabilidades laborales y familiares. […]

En realidad, el sesentayochismo tuvo mucho de síndrome de Peter Pan. El universitario de 1968 no quiere ingresar en el mundo adulto de límites, obligaciones y responsabilidades, un mundo que le parece mediocre y frustrante. De ahí la contestación a los valores de sus mayores. La vaporosa “revolución” soñada por los sesentayochistas (“cambiar la vida”) consistiría en una prolongación infinita –y extendida a toda la sociedad- de la libertad de la juventud.

Los “pensadores del 68” oficiales (los Marcuse, Reich, Lacan, Foucault, etc.) en realidad no eran muy leídos antes de 1968. Las que sí fueron bestsellers hacia 1965-67 fueron las obras de los “situacionistas” como Guy Débord o Raoul Vaneigem. Esas obras contienen más bien una protesta literario-existencial contra el modo de vida de la generación del Wirtschaftswunder (trabajo duro e incremento del bienestar) que una llamada a la revolución social. La Europa próspera y pacificada de los Treinta Gloriosos les parece a los situacionistas gris y aburrida. Por ejemplo, Vaneigem escribe en su Tratado del saber vivir para uso de la joven generación: “Trabajar para sobrevivir, sobrevivir consumiendo y para consumir: el ciclo infernal nos ha atrapado”. En la sociedad del bienestar “la garantía de no morir de hambre se compra al precio de morir de aburrimiento”. Sí, hemos triunfado sobre la guerra, la peste y la escasez… pero el resultado es el tedio: “Ya no hay Guernica, ya no hay Auschwitz, ya no hay Hiroshima. ¡Bravo! Pero, ¿y la imposibilidad de vivir, y la mediocridad asfixiante, y la ausencia de pasión? […] ¿Y esta manera de no sentirnos verdaderamente nosotros mismos [tout à fait dans sa peau]?”.

            Los acontecimientos

El desarrollo de los hechos de Mayo de 1968 muestra la misma ambigüedad: una “revolución” que, aunque use un lenguaje vagamente socialista y diga combatir el capitalismo y el imperialismo, en realidad se refiere primordialmente al individuo y a la vida privada. […]

Mayo del 68 comienza el 21 de Marzo, cuando un grupo de estudiantes “anti-imperialistas” atacan las oficinas de American Express en París en protesta por la guerra de Vietnam –que entra justo entonces en su periodo más intenso, tras la ofensiva del Tet en Enero del mismo año- resultando detenidos varios de ellos. Al día siguiente los estudiantes ocupan varios edificios en la Universidad de Nanterre: surge así el llamado “Movimiento del 22 de Marzo”. A partir de entonces se sucederán en Nanterre algaradas y asambleas. La extrema izquierda clásica intenta pilotar el movimiento, con éxito sólo parcial: se hace patente la dualidad –que formuló acertadamente Jean-Pierre Le Goff- entre un “polo neoleninista” y otro cultural-libertario. Por otra parte, dentro de la propia izquierda es claro el divorcio entre los comunistas clásicos y los maoístas entonces en auge (el 25 de Abril, estudiantes maoístas de la UJCML “escrachan” una conferencia de Pierre Juquin, del comité central del Partido Comunista Francés). Ante el desorden generalizado y la imposibilidad de proseguir las clases, el decano Pierre Grappin ordena la suspensión de la actividad docente en Nanterre a partir del 3 de Mayo.

Pero entonces el epicentro del conflicto se traslada a la Sorbona, en el corazón de París. A partir del 5 de Mayo se producen choques con la policía, cada vez más violentos. El pretexto es protestar contra las sanciones académicas dictadas contra los estudiantes que habían dañado las oficinas de American Express. Pero cuando el rector Roche recibe el 10 de Mayo a una comisión de tres jóvenes, se ve incapaz de satisfacerles, porque sus reivindicaciones son tan gaseosas como el propio movimiento; Cohn-Bendit declara al salir: “No hemos hemos entablado negociaciones; sólo le hemos dicho al rector que lo que está ocurriendo en las calles es que toda una juventud se expresa contra un cierto tipo de sociedad”.

En la segunda quincena de Mayo, la situación nacional llegará a estar fuera de control. De un lado, las protestas estudiantiles se hacen cada vez más violentas: casi todas las noches se producen choques con los antidisturbios, a los que los jóvenes llaman “nazis” (“CRS = SS”); se desempiedran calles enteras (“bajo los adoquines está la playa”), se queman muchos automóviles y se arrancan más de cien árboles para construir barricadas. Mayo del 68 se saldará con cientos de heridos y detenidos, importantes daños materiales y cinco muertos (dos estudiantes, dos obreros y un policía).

El momento en que a la Quinta República parece fallarle el suelo bajo los pies llega cuando una parte de la sociedad –del arzobispo de París a los cineastas reunidos en Cannes- se solidariza con los enragés (“enfadados, enrabietados”) de la Sorbona. El 14 de Mayo se declaran en huelga los obreros de Sud-Aviation en Nantes. En pocos días, el paro general se extiende como mancha de aceite. A partir del 20 de Mayo, con unos diez millones de trabajadores en huelga, llegará a faltar combustible y productos de primera necesidad. Se producen muchas ocupaciones de fábricas; en algunas, los obreros declaran la autogestión. Un viento de anarquía parece recorrer el país: la liga de fútbol se suspende y jugadores ocupan el edificio de la Federación de Fútbol; los párrocos critican abiertamente a sus obispos; los técnicos de la TV francesa se ponen en huelga y algunos programas no pueden emitirse. En los colegios se suspenden las clases, y los alumnos de los liceos se suman a la movilización, que se está extendiendo de París a las provincias. De Gaulle parece superado por las circunstancias, y su alocución televisada del 24 de Mayo carece de nervio y determinación.

Los revoltosos del Barrio Latino, aparentes triunfadores, no saben qué hacer con su victoria, porque ningún programa concreto tienen, ni el deseo de asaltar el poder del Estado. Ocupan varios edificios –el teatro Odéon entre ellos- donde se vivirá varias semanas en delirante asamblea permanente. Imprimen con ciclostatil el periódico L’Enragé, órgano de la revuelta. En los dazibaos de la Sorbona y el Odéon van floreciendo los famosos eslóganes: “Prohibido prohibir”. “No cambiemos de empleador [empresa]: cambiemos el empleo de la vida”. “Ni Dios, ni metro” (juego de palabras basado en la homofonía de las palabras francesas para “amo” y “metro”: maître, mètre). “Seamos realistas: pidamos lo imposible”. “Corre, camarada, ¡el viejo mundo te persigue!”. “La noción de normalidad es el principal instrumento de alienación de las sociedades actuales”. “Pongamos la sociedad al servicio del individuo, no el individuo al servicio de la sociedad”. “Vivir sin tiempos muertos y gozar sin trabas”. “Vivir en el presente”. “La imaginación al poder”. “Crear o morir”. No, no era un programa de gobierno. […]

Lo que había convertido a Mayo del 68 en un verdadero desafío al sistema era la convergencia de la movilización estudiantil con la obrera. Por tanto, la amenaza empezó a conjurarse cuando el gobierno consiguió desactivar la segunda con los acuerdos de Grenelle (27 de Mayo), extraordinariamente generosos: subida de un 35% en el salario mínimo; aumento general de salarios de un 10%; reducción de la jornada laboral en una hora. […]

Sin embargo, todavía tendría lugar el extraño episodio del 29 de Mayo: De Gaulle suspende un consejo de ministros y dice que se va a pasar el fin de semana a su casa de campo; en realidad, embarca a su familia en un avión y vuela a la base militar francesa en Baden-Baden (desde la Segunda Guerra Mundial había tropas francesas en suelo alemán). Hasta hoy los historiadores discuten si fue un momento de pánico (cuando aterrizó, le dijo al general Massu “tout est foutu”, “todo está perdido”), una nueva “fuga de Varennes”, o si pretendía asegurarse el apoyo del ejército para una eventual represión militar de la revolución.

Sea como fuere, De Gaulle vuelve de Alemania 24 horas después dispuesto a encauzar la situación: en su discurso radiado del 30 de Mayo, más enérgico que el titubeante del día 24, anuncia que disuelve la Asamblea Nacional y convoca elecciones legislativas, al tiempo que denuncia “la intimidación, la intoxicación y la tiranía ejercidas por grupos organizados y partidos totalitarios” y llama a “la acción cívica” como respuesta. De hecho, la Francia conservadora, ante el vacío de poder, se estaba ya organizando en Comités de Defensa de la República, y fraternidades de excombatientes se estaban movilizando para una eventual resistencia armada. Pero la respuesta de la “mayoría silenciosa” no necesitará ser violenta: esa misma tarde, un millón de personas marchan pacíficamente por los Campos Elíseos en protesta contra los desórdenes, con pancartas como “limpiad la Sorbona” y “defended a la Francia que trabaja”. Muchos trabajadores habían vuelto a sus puestos tras los acuerdos de Grenelle; las huelgas se desinflan en los primeros días de Junio. Y a mediados de mes son desalojados policialmente los últimos ocupantes del Odéon y la Sorbona.    Las elecciones del 30 de Junio, finalmente, se saldan con un triunfo arrollador de la derecha gaullista, que amplía su mayoría. Más allá del resultado, el hecho mismo de que las elecciones se celebraran implicaba el retorno a una normalidad institucional que la Comuna estudiantil rechazaba como fraudulenta y opresiva.

El post-68

Mayo del 68 parecía, pues, terminar en fracaso: De Gaulle y “el sistema” salían reforzados. […]

Pero hemos visto ya que los sesentayochistas –o, al menos, el “polo cultural-libertario” del 68- no buscaban el poder político. La evolución del movimiento en los años que siguen a 1968 puede resumirse así: el “polo neoleninista” insiste en la búsqueda de una revolución socialista clásica, y se produce en 1968-74 una proliferación de partidos y grupúsculos trotskistas, maoístas, etc. muy activos, que no llegarán a tener mayor incidencia electoral. Los más radicales entre ellos pasarán a la “lucha armada”, y de ahí la aparición o relanzamiento a partir de 1968 de bandas terroristas como la Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas, la ETA o el IRA (estas dos últimas, junto a la componente nacionalista, desarrollaron también otra marxista-revolucionaria), que se cobrarán entre todas unas 3.000 vidas en las décadas de los 70, 80 y 90.

Pero el 68 no ha modelado nuestra sociedad a través de ese activismo político o terrorista “clásico”, a la postre fracasado, pues la extrema izquierda no llegó al poder. La verdadera herencia “inconsciente” de Mayo ha sido la difusión generalizada de la sensibilidad del “polo cultural-libertario”, como señala Josemaría Carabante: “Los estudiantes no terminaron con el sistema contra el que se levantaron, pero cuando salieron de las aulas contribuyeron a difundir nuevos valores y a cambiar los estilos de vida y las costumbres existentes. El subjetivismo, la importancia concedida a la diferencia, la tendencia individualista, el recelo ante la verdad, hacia los criterios normativos o las jerarquías, constituyen parte del capital cultural y psicológico que ha dejado el 68 en las formas de vida vigentes”.

Los avatares del polo neoleninista no merecen mayor atención, más allá de la amarga paradoja de que mientras los jóvenes checos arriesgaban sus vidas para salir del comunismo (la Primavera de Praga coincide cronológicamente con el Mayo francés, y la represión soviética de Agosto se cobraría 72 víctimas), en Francia otros jóvenes luchaban por entrar en él. La intervención soviética –que se sumaba a las de Berlín 1953 y Hungría 1956- contribuyó a desacreditar el “socialismo real” a ojos de los estudiantes occidentales, pero no les llevó a abjurar del marxismo: fabulaban nuevas versiones trotskistas o maoístas (ignorando que el Gran Salto Adelante chino se había cobrado decenas de millones de víctimas entre 1959 y 1961, y la “revolución cultural” al menos un millón más a partir de 1966), o bien se ilusionaban con los experimentos socialistas del Tercer Mundo, de la Cuba de Castro al Vietnam de Ho Chi Minh. En Francia bulle en la primera mitad de los 70 una frenética sopa de letras ultraizquierdista, en la que destacan la Ligue Communiste de Alain Krivine (trotskista) y la Gauche Proletarienne de Alain Geismar (maoísta). España atraveserá su propio sarampión de ultraizquierda en los primeros años de la Transición: PT, ORT, Joven Guardia Roja, etc. Ni ellos ni sus homólogos de otros países europeos superarían umbrales de voto prácticamente testimoniales.

Junto a los que querían construir la utopía de manera coactiva, imponiéndosela a la sociedad desde el poder político, existían también los que, de manera más coherente con el espíritu anarcoide del 68, se lanzaron a promoverla descentralizadamente mediante experimentos comunales a pequeña escala: “vivir ya de otra manera, sin esperar a la revolución”. Hasta 100.000 personas llegaron a vivir en comunas a principios de los 70, sólo en los países escandinavos (la Ciudad Libre de Christianía, en Copenhague, reducida ya casi a un parque temático, es una reliquia fósil de aquella explosión). En ellas se intentaron llevar a la práctica muchas de las ideas sesentayochistas, del amor libre a la abolición de la familia y de la propiedad privada, del “retorno a la naturaleza” a la desescolarización o el consumo de drogas. Los resultados fueron en general deprimentes. “Ya había doce niños en la comuna; cuando mi pareja y yo anunciamos que íbamos a darle un hermanito a la pequeña Judith, un comunero me dijo ‘¡Pero Judith ya tiene once hermanos!’; le arrojé la ensaladera a la cabeza”. Enfrentados al reto de cultivar la tierra o fabricar artesanía, los soixante-huitards neo-rurales van a descubrir que, después de todo, la necesidad de trabajar duro no era la imposición alienante de una sociedad materialista obsesionada por la productividad, y que la carestía es la situación por defecto del hombre frente a una naturaleza tacaña. Un superviviente resumió así la experiencia: “Agotamiento físico; subalimentación; desorganización total; incompetencia; hostilidad de los [verdaderos] campesinos, que se sentían agredidos; drogas; desafueros de los jefecillos: el sueño se convirtió a menudo en pesadilla”.

Mucho más éxito que el activismo neoleninista o el utopismo agro-hippy tendrá la irradiación del espíritu sesentayochista a través de movimientos sociales como el feminismo, la liberación homosexual, el ecologismo o el pacifismo. La idea que subyace –teorizada, como veremos, por autores como Marcuse o Foucault- es la de la sustitución del sujeto revolucionario clásico –la clase obrera- por nuevos colectivos supuestamente oprimidos (o, en el caso del ecologismo, la biosfera en su conjunto, depredada por el productivismo capitalista). Y también la reivindicación del deseo en todas sus formas, y el rechazo de todo tipo de tabúes, especialmente en materia de moral sexual.

El editorial inaugural del periódico Tout!, órgano del sesentayochismo en versión cultural-libertaria, lanzaba la idea de una coalición foucault-marcusiana de colectivos en busca de liberación: “Los maricones [sic: les pédés], las bolleras [sic: les gouines], las mujeres, los presidiarios, las que abortan, los asociales, los locos… ¡Todo!”. El periódico reivindicará “el aborto y la anticoncepción libres y gratuitos”, el “derecho a la homosexualidad y a todas las formas de sexualidad” y “el derecho de los menores a la libertad del deseo y a su realización”, y se declara en guerra contra la familia tradicional: “la familia es la primera tapadera que reprime nuestros deseos hasta la ebullición”. Con la excepción del sexo con menores, todas las demás “liberaciones” irán siendo legalizadas –y asumidas por la sociedad- en Francia a lo largo de la década de los 70.

El feminismo de los 70 comenzará en cierto modo como una rebelión dentro del propio movimiento sesentayochista, al grito de “¡lleva tanto tiempo prepararle la comida a un revolucionario como a un burgués!”: “¿Quién se ocupa de la cocina mientras ellos hablan de revolución?, ¿quién cuida de los niños mientras ellos van a reuniones políticas? […] ¡Nosotras, siempre nosotras!”. A la supuesta opresión que padece la sociedad en su conjunto se añade, pues, en el caso de las mujeres, una opresión particular, que se yuxtapone a las demás: “Las mujeres –sean mujeres de burgueses, de obreros o de negros- sufren una opresión común y específica, y luchan por su liberación”, proclama el número especial de la revista Partisans (“Liberación de la mujer, año cero”, 1970). Seguirán, en los años 70, junto a la reivindicación del aborto libre –que triunfa en 1975 con la aprobación de la ley Veil-, los “grupos de concienciación” victimista, la constante confusión de lo privado y lo social (siguiendo el lema de Kate Millett: “the personal is political”) -es decir, la interpretación de todos los fracasos personales en clave de opresión patriarcal-sistémica-, la demonización del varón (“por su rol de Padre opresivo, [el hombre] es la encarnación de Dios, del Jefe de Estado, del Patrón y de todos los líderes”; es “el Amo, y de él brota todo valor, como el esperma de su pene”, proclaman manifiestos feministas de 1970 y 1974), la execración de la maternidad (en 1975 es publicado el volumen colectivo Maternidad esclava) y, finalmente, el rechazo del concepto mismo de sexo femenino, considerado ahora como construcción cultural alienante y no ya como determinación natural (esta idea, base de la ideología de género, se encontraba ya en el famoso “la mujer no nace, sino que llega a serlo” de Simone de Beauvoir en Le deuxième séxe [1949], y es desarrollada en 1973 por Elena Gianini Belotti en Du côté des petites filles: el libro venderá 250.000 copias).